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No le pregunten a mi hijo de cuatro años si tiene novia


Mi padre no es la primera persona que le pregunta a mi hijo si tiene novia.

Es una pregunta que aparece cada vez que visitamos a amigos de mi madre o cuando hablamos con las cajeras en el supermercado. Siempre lo preguntan de la misma manera: con sentido del humor y aire de expectativa, como si ya supieran la respuesta.

Por lo general, mi hijo responde con una mirada ausente: no con aquella mirada vacía que aprendí a usar a los veinte años para desalentar el interés, aparentemente benigno, de mi familia y amigos en torno a mi vida romántica, no. Lo hace con una mirada de incomprensión genuina.

No entiende la pregunta porque tiene cuatro años. Hace cinco meses entró a preescolar. Hace tres semanas aprendió cómo restar siete menos cinco con las manos. Ayer, despertó con el pañal seco por quinta vez consecutiva.

Incapaz de dejarlo pasar, respondo de inmediato: “No. Tiene amigas y amigos. De hecho, tiene muchos amigos”.

Lo digo con calma y cordialidad, con una sonrisa amable que no revela nada sobre lo que siento cuando se lo preguntan. Es una pregunta ridícula que persigue a los niños pequeños como un cachorrito que husmea basura. Entiendo que solo se trata de la charla insignificante que los adultos intentan tener con los niños. También que sus intenciones son 100 por ciento inofensivas.

Sin embargo, cada vez que le hacen esa pregunta, escucho voces nocivas en mi cabeza. Escucho las expectativas de la heteronormatividad: “Eres niño, así que, naturalmente, te gustarán las niñas”. Escucho el adoctrinamiento de género: “Las niñas no son como los niños, así que deberías tratarlas diferente”. Escucho la inserción prematura de las políticas sexuales: “Las niñas no son tus amigas, son objetos potenciales del deseo”.

En esa pregunta aparentemente inofensiva, escucho a una generación que trata de imponer su idea de cómo son las cosas a la siguiente generación.

Y estos mensajes no se limitan a los familiares bien intencionados o los trabajadores de los supermercados. ¡Si tan solo fuera una batalla de un solo frente! No, no es así.

La industria mundial del entretenimiento parece unirse al esposo de la amiga de mi mamá en su intento por darle a mi hijo clases sobre cómo deben interactuar los niños y las niñas. El filme familiar “Peanuts, La película”, por ejemplo, que no solo está dirigido a niños de cuatro años, sino que también es acerca de niños de cuatro años (según una de las primeras tiras cómicas de Peanuts, publicada en 1950), tiene más enredos amorosos que un episodio de “The Love Boat”.

Charlie Brown se sonroja y tartamudea cuando se encuentra con la niña que le gusta, la linda pelirroja que vive al lado, mientras Peppermint Patty palidece porque siente un amor no correspondido por él. Su hermana, Sally, persigue apasionadamente a Linus, su “tierno amorcito” (un apodo que, incidentalmente, usaba la esposa de Charles M. Schulz para referirse a él). Lucy se arroja a los brazos de Schroeder.

Incluso Snoopy —¡un perro!— exhibe los típicos comportamientos románticos al cortejar a una hermosa caniche llamada Fifi.

¿Por qué hacemos eso? ¿Por qué no dejamos de reproducir patrones adultos en los niños y las niñas? ¿Acaso estamos, como los hombres que persiguen a las mujeres en la urna griega de Keats, en “una carrera loca”? ¿Acaso buscamos por instinto el mismo patrón o tomamos la decisión colectiva de difundirlo?

A su edad, la forma en que mi hijo trata a niños y niñas no es diferente. No hay variación en el tono de su risa ni diferencia en la fuerza de su despiste. Solo está la alegría de ser perseguido: en el patio de la escuela, alrededor de casa o detrás de las cortinas de terciopelo del salón donde organizamos su fiesta de cumpleaños. No está representando un arquetipo que ha existido durante miles de años. Simplemente es él mismo cuando está con sus amigos.

Quizá más tarde su actitud cambie. Tal vez cuando la pubertad llegue, asumirá la torpeza de Charlie Brown o el atrevimiento de Sally. Quizá eso pasará mucho más pronto de lo que creo. Tal vez sea al entrar a la primaria. Quizá incluso suceda en el jardín de niños.

Pero ahora mismo tiene cuatro años, está aprendiendo a restar con los dedos y no necesita involucrarse en una compleja red de rituales románticos. Necesita ir al parque y despertar con el pañal seco por sexta mañana consecutiva.

Y cuando esté listo para tener novia ⎯o novio⎯ les diré. Pero les advierto desde ahora: si le preguntan, quizá podría responder con una mirada ausente.

http://www.nytimes.com/es/2016/03/01/dejen-de-preguntarle-a-mi-hijo-de-cuatro-anos-si-tiene-novia/?smid=fb-espanol&smtyp=pay&smvar=article_751965821517958_926377670743438

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