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LESBIANAS, GAYS, BISEXUALES Y CIENCIA

Todos los que tenemos la suerte de vivir en países desarrollados vemos la homofobia como algo casposo. Propio de viejos con pie y medio en la tumba, beatos de estos de cilicio y rosario, fachas, gays reprimidos, cabrones y pobres diablos en general. Todos tenemos en nuestro entorno amigos y compañeros homosexuales, y tiene más rechazo social el intolerante que el que decide hacer una excursión por la otra acera. Pero esto, lamentablemente, no retrata la situación de exclusión social y persecución a la que son sometidos los no-heteros en otras partes del mundo. Los mitos, los prejuicios y las actitudes violentas y degradantes siguen teniendo lugar a lo largo y ancho del globo. De hecho, la situación es realmente grave, con regiones que van en claro retroceso moral y político. El problema con los homosexuales es, en úlima instancia, un problema de ignorancia, y la ignorancia es un valor en alza en el mundo actual.

En estas líneas quisiera hacer un breve repaso acerca de lo que sabemos y lo que es falso acerca de la homosexualidad. No quisiera que se convirtiera en un mero repaso de datos científicos, así que iré un poco más allá tratando de comprender por qué los estudios sobre este tema han sufrido de fuertes sesgos y censura. Hoy en día la ciencia nos dice muchas cosas sobre los homosexuales, cosas que nos ayudan a derriban mitos alrededor de ellos y de ellas, así como comprender el fenómeno en su verdadera naturaleza y dimensión.

Breve historia de una injusticia

La historia de los no-heteros fue durante muchos años dejada de lado e incluso ocultada. No ha sido hasta hace unos 40 años que ha comenzado a ser escrita por investigadores serios que se han dedicado a rastrear a la comunidad LGBT a lo largo de la evidencia histórica de la que disponemos. Dos cosas han quedado claras después de estos estudios: (1) En toda la historia y en todas las sociedades han habido individuos que se sentían sexualmente atraídos por gente de su mismo sexo, y (2) en casi todas las sociedades humanas se les ha acabado persiguiendo de una u otra manera. Eso sí, y como es habitual, tenemos bastantes más datos de los hombres que de las mujeres. Si la mujer como sujeto histórico ha sido tradicionalmente ninguneada, ya ni os cuento lo que ha sucedido con las mujeres lesbianas.

Nos han llegado registros de homosexualidad en Mesopotamia, Egipto, las culturas precolombinas, China, la India e incluso muy anteriores. De hecho, tenemos bastante evidencia de que en el paleolítico las prácticas homosexuales eran bastante comunes, como atestiguan pinturas rupestres en Dordoña, de más de 27 mil años, que escenifican a dos mujeres practicando tribadismo —también conocido como ‘la tijera’—, u otra en La Marche que representa un coito entre dos hombres —los franceses es que siempre han sido muy liberales. Tampoco es algo que sorprenda mucho a los especialistas, porque tenemos pinturas rupestres de orgías, tríos, voyeurismo, onanismo y casi todas las prácticas sexuales que nos imaginemos. No hemos innovado tanto en ese terreno como en otros.

Si bien el término ‘bisexual’ es bastante sencillo de explicar al hacer referencia explícita al gusto de estas personas por obviar el sexo de la pareja con la que deciden intimar, los términos ‘gay’ y ‘lesbiana’ sí merecen un comentario. ‘Gay’ se comenzó a utilizar durante el siglo XIX en la Inglaterra victoriana, pero el término, al contrario que la creencia popular, no es propio del inglés. Significa ‘alegre’ o ‘pícaro’ y proviene del occitano, un idioma casi extinto hablado en el norte de España y sur de Francia. De hecho, en catalán tenemos el término ‘joia’ para la alegría —aunque su significado literal es complejo de traducir—, en francés está ‘joie’, y en castellano encontramos el término ‘gayo’ o ‘gaya’, aunque ya casi en desuso. Por su parte, ‘lesbiana’ hace referencia a la isla griega de Lesbos, donde vivió en el siglo VI a.c. la poetisa Safo de Lesbos —nótese que para las relaciones entre dos mujeres también se usa el término ‘amor sáfico’. Safo escribió poemas con un alto contenido homoerótico, y parece ser que se lo pasaba bastante bien con otras poetisas de su escuela. Vamos, que en Lesbos las chicas ni se aburrían ni se ocultaban. Así que términos como ‘marica’, ‘tortillera’, ‘bollera’ o ‘bujarra’ te los puedes ahorrar perfectamente. Aunque también es una buena posibilidad llamar a estar personas por su nombre, o hacer referencia a ellos por su color de pelo o su puesto de trabajo.

Si bien es cierto que en zonas como Latinoamérica, el sudeste asiático y Oceanía las cosas han mejorado mucho, la situación del colectivo LGBT en el mundo musulmán y África es básicamente la misma que en la edad media. Son perseguidos, marginados, humillados y muchas veces condenados a muerte. Los homosexuales no son considerados ciudadanos, se ven obligados a vivir en la sombra y someterlos a ultrajes de todo tipo no sólo es algo normal, sino que es fomentado por los gobiernos y las instituciones religiosas. En casi todo occidente ya hasta bien entrado el siglo XX la homosexualidad estuvo prohibida, y casi todos los movimientos totalitarios se han ensañado con ellos: los nazis —que no sólo mandaron judíos a los campos de concentración—, los regímenes comunistas —la URSS y China especialmente—, las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo pasado, Mussolini, Franco y un largo y vergonzoso etc. En Estados Unidos la segración de los homosexuales también era muy fuerte, teniendo estos un estatus social y legal igual o inferior a la población negra.

Durante los 50′ y los 60′ se comenzaron a crear varias organizaciones ‘homófilas’, integradas por gente de la comunidad LGBT y algunos ciudadanos con dos dedos de frente. Pero no fue hasta la década de los 70′ cuando el movimiento cobra verdadera fuerza y comienza el denominado ‘movimiento de liberación LGBT‘. Los historiadores sitúan el comienzo de la revolución homosexual en los disturbios de Stonewall —conmemorados en el día del orgullo gay, y de ahí el carácter festivo y provocador de la celebración—, ocurridos en el barrio neoyorkino de Greenwich Village. La población homosexual montó la de Dios es Cristo en Nueva York durante varios días, hartos del trato recibido por el estado y la sociedad. Esta muestra de poder y hartazgo se replicó en varias zonas del mundo, y las victorias sociales de la comunidad LGBT no han se han detenido a lo largo y ancho de occidente.

Nuestras constituciones reconocen la libertad sexual, existen marcos legales específicos para la homofobia, el matrimonio homosexual está reconocido en más de 19 países —sin contar aquellos con contemplan la unión civil—, y la inclusicón social de la poblacióm LGBT marcha a buen ritmo. Si bien es cierto que existen países en nuestro entorno, especialmente los latinoamericanos que van en el tren de cola de la región, como Guatemala, Perú, Honduras o Venezuela, en los cuales la homofobia se sigue situando en niveles casi medievales. A día de hoy, además, existen muchos barrios habitados por la población LGBT que, lejos de constituir guetos, son siempre de lo mejorcito de las grandes ciudades europeas y norteamericanas. Ahí están los casos del Castro, de Schöneberg, de Grachtengordel, del propio East Village o del Soho londinense. Por si fuera poco, hoy en día estudiamos y agradecemos las aportaciones de gays, lesbianas y bisexuales en todas las ramas de la ciencia y el arte: Freddie Mercury, Margared Mead, Alan Turing, Miguel Angel, Sir Francis Bacon, Simone de Beauvoir, Oscar Wilde, Newton —bastante probable—, Tchaikovsky, Frida Khalo, Wittgenstein, Sofía Kovalevskaya entre otros cientos de miles. Eso sí, los estudios respecto a las bases biológicas de la homosexualidad siguen teniendo que hacer frente a cierta parte fanatizada de la izquierda posmoderna, que malinterpreta resultados e intenciones, y se decanta por un ambientalismo bastante irracional.

El caso de España es especialmente relevante a nivel mundial. Nosotros fuimos uno de los países de Europa occidental más atrasados socialmente, también respecto al trato hacia la comunidad LGBT, gracias a haber sido gobernados durante más de 40 años por un tarado sanguinario y por los trogloditas de las fuerzas armadas —hasta 1975, exactamente. Sin embargo, hoy en dia España es el líder mundial en inclusión de la población homosexual. Fuimos el tercer país en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo y actualmente la tasa de aceptación y tolerancia de los españoles respecto a la homosexualidad es la más alta del mundo. Se sitúa en el 88%, altísima si la comparamos con el 76% de UK, el 77% de Francia o el 74% de los italianos.

A esta libertad sexual se le une una política de inclusión social bastante seria durante los últimos 20 años, así como la existencia de zonas y ciudades enteramente declaradas gay-friendly —de hecho, Sitges o Ibiza son de los principales destinos turísticos de esta comunidad. El barrio madrileño de Chueca, que antaño era una zona degrada y a evitar, fue puesto en valor por la comunidad homosexual y actualmente es una de las mejores zonas de la capital. Junto al Gaixample de Barcelona son dos de los barrios gays más relevantes del mundo, con una magnitud e historia solo comparables con San Francisco o Nueva York. Sin duda, los españoles podemos y debemos sentirnos orgullosos de estos datos, y debemos luchar por mejorarlos cada vez más.

¿Es la homosexualidad algo natural?

Un argumento homófobo muy habitual consiste en afirmar que este tipo de relaciones son ‘contranatura’. Esta idea ha sido ya totalmente refutada por la ciencia, que considera los comportamientos homosexuales como muy habituales en muchas especies y perfectamente explicables a día de hoy. Pero la sexualidad humana no es como la sexualidad de los conejos o de las hormigas: no mantenemos relaciones sexuales únicamente por razones reproductivas. Si bien es cierto que en otras especies se dan casos de individuos que gustan de tener encuentros sexuales con otros del mismo sexo, y que incluso es posible conseguir estos comportamientos en laboratorios con las hormonas adecuadas, lo cierto es que esas situaciones distan mucho del caso humano. Lo nuestro no es una contingencia hormonal o un caso aislado de lordosis inducida. Chutar a pierna cambiada o con las dos es un comportamiento sistemático, generalizado y multifactorial en nuestra especie. Teniendo en cuenta el país donde más abiertamente se trata el tema, en España el 15% de la población no se define como heterosexual. Eso en relación a la autoconcepción, pero, como comentaré más adelante, si atendemos a otros estudios es bastante posible que entre un 60% y un 70% tenga tendencias, como mínimo, homoeróticas. Eso es un montón de gente, y la explicación es compleja aunque, ya veréis, muy esperable.

Para la biología evolutiva el tema fue un auténtico rompecabezas durante mucho tiempo. Si lo fundamental en materia evolutiva es conseguir transmitir a las siguientes generaciones tu carga genética, ¿cómo es posible que las de hombres que preferían que el macho alfa se los llevara al huerto, o las de mujeres que sólo querían jugar a la botella con las amigas, hayan podido seguir en el pozo genético humano? El tema de las lesbianas fue un poco más sencillo de resolver en estos primeros razonamientos, porque no es muy esperable que homo erectus o australopithecus hayan sido muy respetuosos con el consentimiento sexual de las hembras. Pero la homosexualidad masculina seguía siendo un misterio respecto a su eficacia. Se propuso entonces algo más ingenioso: los hombres homosexuales, en lugar de ir a cazar con el resto, se quedarían en el refugio a cuidar de la prole. Por ello, sus hermanos y sus primos tendrían más posibilidades de sobrevivir, y así se transmitirían sus genes de forma indirecta a las siguientes generaciones. Pero la hipótesis hacía aguas. Por un lado, aquello de que los homosexuales no pueden cazar porque son cobardes y débiles es una soberana tontería, y si vas a tumbar un mamut ya puedes sumar efectivos. Y, por otro, la tasa de supervivencia de hermanos y primos tenía que ser descomunal, casi del 100%. O todos los gays del paleolítico eran Rambo o las cosas no cuadran. Por si fuera poco con todo esto, si uno mira a nuestros primos cercanos como chimpancés o gorilas la ocurrencia de comportamientos homosexuales es dramáticamente baja en comparación con los alegres homo sapiens.

Esta situación de misterio respecto a la homosexualidad se comenzó a resolver cuando, en 1929, Ernst Schwarz descubrió una comunidad de chimpancés bastante rara en las selvas del Congo. Más adelante descubrimos que no eran chimpancés, sino una especie nueva de gran simio que hoy llamamos ‘bonobos’, y para nuestro asombro descubrimos también que los bonobos son nuestros parientes vivos más cercanos. Bastó una simple ojeada a estos amigos para que el misterio de la sexualidad humana quedara despejado. Por decirlo de forma clara, resulta que los bonobos se pasan todo el santo día follando. El único tabú que tienen es el incesto entre parientes directos, pero fuera de eso hay homosexualidad tanto entre machos como entre hembras, orgías, sexo oral y todo lo que a uno se le pueda ocurrir. Los bonobos vivien en sociedades matriarcales y extremadamente pacificas, y uno de sus comportamientos fascinó especialmente a los etólogos: su actividad sexual se incrementa en gran medida ante el estrés. Cuando un macho se pone tonto se le apacigua con sexo; cuando hay problemas generalizados en el grupo, orgía; cuando las hembras tienen problemas entre ellas, aquí te pillo aquí te mato. Se descubrió que la clave para la paz y el orden social de los bonobos era el sexo como forma de relacionarse y relajarse. Al fin y al cabo, hacerlo relaja bastante y te hace ver la vida con mejores ojos; admitamos que lo de tener ‘mala follada’ tiene sentido.

No estoy diciendo que nosotros seamos iguales a los bonobos —que no venga ningún listillo ahora a decir que somos infieles por naturaleza, o que le de este escrito a su pareja antes de proponerle un trío con la excusa de la vuelta a la naturaleza—, hemos evolucionado de forma algo diferente y somos bastante más belicosos y monógamos que ellos. Pero observarlos abrió una nueva manera de entender el sexo: como una forma de interacción social más allá de la reproducción. Si los seres humanos usamos el sexo como forma de comunicación, relación, establecimiento de jerarquías y resolución de problemas —porque a más fuerte haya sido la discusión más apoteósico es el de después, y eso es así—, entonces esa sería una buena explicación para la homosexualidad. Pero ello no deja a la sexualidad humana como repartida entre dos polos —heterosexual y homosexual—, sino como un conjunto de tonalidades de gris. Investigaciones posteriores han contrastado esta idea más allá de toda duda. Los seres humanos tenemos una tendencia natural hacia la bisexualidad, con individuos en los extremos de la campana de Gauss que sólo prefieren un sexo determinado. Ahora los números sí salen y la evidencia casa perfectamente con la explicación.

Mucha gente que lea esto dirá “te acabas de pisar la boca porque yo soy más macho que Chuck Norris en un Hummer”. Bueno, es posible que tú estés en el grupo de gente puramente heterosexual, pero también es posible que tengas comportamientos que no notas, o que vivas en el armario y por eso disfrutas tanto conduciendo ese pene enorme sobre ruedas —siendo el desliz freudiano, no lo he podido evitar; que quede claro que todo lo que dijo Freud sobre los gays no eran más de estupideces ya refutadas. Las chicas habéis tenido menos problemas con la afirmación, ¿a que sí? Pese a que la teoría queer se equivoque con aquello de que todos somos bisexuales por naturaleza, sí tienen razón en que hasta cierto punto el género es un constructo social. Hasta cierto punto, ojo, que el dimorfismo sexual humano existe y no es leve. En ciertas sociedades homófobas los heteros son cosas parecidas a Putin; los bisexuales más en lo negro o en el centro se disfrazan de heteros; los bisexuales más en lo blanco seguramente se hagan proctólogos o solistas de clarinete; y los pobres gays en lo blanco del espectro vivirán socialmente atormentados, soñando con escapar a Mykonos. El tabú de la virilidad y lo tontería de ‘los hombres no lloran y son máquinas sexuales’ hace que muchos oculten, repriman o no vean su forma de comportarse con algunos otros hombres. Todos conocemos casos en los que el oso de las cavernas resulta ser el oso del sauna gay los sábados. Es importante resaltar que la única forma de comportamiento y descarga sexual no es el coito, hay formas mucho más sutiles y socialmente aceptadas. Y si no, os reto a pasaros por un vestuario de fútbol después de una victoria —el fútbol en general es bastante homoerótico, incluida su prensa.

En las chicas pasa algo parecido, aunque el espectro sexual —llamado ‘escala de Kinsey‘— se reparte de otra manera. Según nos dicen los estudios, casi todas las mujeres son bisexuales, con cierta cantidad menor de lesbianas y heterosexuales — sorprendentemente, algunos estudios bastante serios llegan al punto de negar la existencia, o la relevancia estadística, de las mujeres heterosexuales puras. Claro está que muchas no se califican a sí mismas como bisexuales; niegan sentirse atraidas por otras mujeres y siempre está el subterfugio de la ‘bicuriosa’ o del “es que bebí demasiado”. Pero nadie puede huir de la tecnología que usa la ciencia. Cuando nos excitamos sexualmente llevamos a cabo comportamientos inconscientes como la dilatación de las pupilas, mayor riego en la zona genital, palpitaciones, respiración agitada, etc. Todo esto se mide fácilmente con herramientas de psicofisiología. Por ejemplo, un reciente estudio con un diseño experimental bastante serio, llevado a cabo en Inglaterra con 500 mujeres, reveló que todas se excitaban ante estímulos sexuales femeninos, y que sólo una pequeña parte no lo hizo también ante masculinos. Ninguna heterosexual pura en el estudio y sólo unas pocas lesbianas.

¿La explicación a esto? Las mujeres humanas son auténticas maravillas respecto a sus habilidades de sociabilización; son mucho más hábiles que los hombres con el uso del lenguaje y sus habilidades de empatía emocional son también bastante superiores. Los hombres tendemos a establecer relaciones más jerarquizadas y competitivas, mientras que ellas, por lo general, mantienen los niveles de violencia bajos y los comportamientos filiativos altos. Los hombres hemos evolucionado tratando de imponer nuestro esperma ante el de los demás, mientras en la estrategia evolutiva de ellas, al tener garantizada la reproducción, se ha basado más en la colaboración y la mutua protección. Esta sería una explicación evolutiva a la sorprendente tasa de bisexualidad femenina, que, como pasa con la de los hombres, sería ocultada bajo la fachada de formas de comportamiento social que pasan más desapercibidas. Al fin y al cabo, ellas no tienen que cargar con el estigma de la virilidad ni con la barrera del contacto físico.

Las muy sanas bases biológicas de la homosexualidad

De todo lo dicho hasta ahora se desprende la refutación de otra leyenda urbana: la homosexualidad no es una enfermedad. Es un rasgo más de la personalidad, como que te guste Led Zeppelin o ir a la playa, y no puede ser un trastorno porque es una forma extremadamente habitual de comportamiento sexual. No necesitan de terapia ni de las barbaridades que hacen algunos colectivos de fanáticos religiosos con los pobres chicos que caen en sus manos —muchos de ellos con historias trágicas de vidas destrozadas y suicidios. Los homosexuales están perfectamente bien tal como están. Además, a menos que los acosen o tiren desde tejados, los integrandes del colectivo LGBT pueden ser igual de felices e infelices que los heterosexuales. Pueden ser igual de buenos o malos como abogados, pilotos de avión, jugadores de rugby o padres. Y esto de los padres es muy relevante, porque ningún estudio ha probado jamás que los niños criados por parejas homosexuales tengan más o menos problemas que aquellos criados por familias de heteros —o de supuestos heteros. No hay ningún impedimento ni psicológico ni pedagógico para que las parejas homosexuales puedan adoptar o criar a un niño. El único impedimiento que tienen son los principios morales de la edad de bronce que algunos todavía mantienen y que las religiones perpetúan, y los prejuicios de aquellos que ni entienden lo que critican.

Como se ha visto hay muchos casos, grises y matices en los comportamientos homosexuales —y cabe mencionar que sufrir abusos sexuales no te hace ni gay ni lesbiana, eso es una completa memez que mucha gente, de esta que no es capaz de caminar y comer chicle a la vez, aún cree. La ciencia ha demostrado ya que llamar a esto una ‘opción’ sexual no tiene sentido. Nadie nunca jamás ha elegido el sexo de las personas con las que le gusta meterse en una cama. Existe una base fisiológica para ello, aunque requiere de mayor investigación porque hasta ahora sabemos más bien poco. Dado que los bisexuales son muy complejos y que el manual de la sexualidad femenina parece que es más complicado que el de la estrella de la muerte, los estudios se han centrado en seres más sencillos: gays y hombres heteros. Cabe decir que muchos de estos estudios se hacen con una prueba preliminar que elimina a bastante gente de la muestra, porque entre lo que manda la cabeza y lo que manda el pito, ya lo hemos visto, en ocasiones hay bastante desacuerdo.

En estos grupos se sabe que hay implicaciones genéticas y embriológicas bien estudiadas. Al contrario que los bonobos, las mujeres humanas tienen un ciclo menstrual que les permite la fertilidad en casi cualquier momento, con lo cual sería esperable que la presión evolutiva empujara a los hombres hacia la herramienta social de la bisexualidad pero tirando hacia el límite hetero del especto. Los gays, en cambio, son más complejos, y parece ser que se trataría de un efecto pleiotrópico. Esto es, que genes que regulan otras cosas tengan el efecto secundario de borrar la bisexualidad. Lo eficaz de tales genes supliría el efecto adverso en términos evolutivos. Respecto a diferencias neurológicas, sólo sabemos que los gays suelen tener diferente un núcleo hipotálamico en comparación con los heteros, y poco más hemos encontrado.

Algo que cabe mencionar es que la homosexualidad masculina no tiene correlación con niveles bajos de testosterona. La testosterona está implicada en comportamientos como la competitividad, la dominancia, el riesgo en la toma de decisiones o la agresividad. Los gays no son menos competitivos o agresivos que otros hombres —y más de uno se ha llevado un par hostias por creer esto y confiarse. Lo que sí parece tener implicaciones hormonales es una forma más femenina de comportarse —lo que se suele llamar ‘pluma’ y que en realidad tiene mucho de constructo social. Pero esta forma de comportarse también se da en heterosexuales, y no tiene nada que ver con ser o no ser gay —aunque socialmente los gays pueden darle más rienda suelta. En el caso de la homosexualidad femenina, en cambio, sí parece ser que el efecto de la testosterona, sus niveles y el grado de sensibilidad ante ella, tiene implicación directa en el lugar del espectro sexual en el que tal o cual mujer se sentirá más a gusto.

Y para terminar…

Las formas de moralidad que tenga una sociedad pueden ser más o menos sofisticadas. En este sentido, una de las formas más primitivas es aquella que iguala lo asqueroso con lo malo. Aquello que consideramos asqueroso es altamente variable de una sociedad a otra. A mi me da bastante asco lo de comer caracoles, pero no lo es para muchas otras personas y no creo que esté mal hacerlo. Con la educación adecuada todo lo que implica intercambio de fluidos puede llegar a ser asqueroso, porque tenemos una cierta propensión innata a ello. Esta es la forma según la cual se comportan las morales religiosas y altamente conservadoras: a falta de datos sólidos y de sentido en sus argumentos apelan a que la homosexualidad les parece asquerosa. Y no dudo de su sinceridad después de haber pasado por colegios fanáticos de esos que hacen idiotas industrialmente, o de haber tenido una familia de mojigatos puritanos. Pero es asqueroso para ellos, y a nivel moral es irrelevante siempre y cuando vivas en el siglo XXI. Para mi montártelo a lo misionero los domingos por la noche durante 5 minutos y por obligación, como hace la gente del Opus, sí que es realmente asqueroso; pero oye, cada loco con su tema. Lo mismo con la lluvia dorada y otras prácticas que me generan rechazo pero que no tengo razón alguna para juzgar como malas o inmorales.

Por último, un consejo: no seas un tarado. Quiero decir, vivimos en este siglo, sabemos lo que sabemos y a nadie le importan tus prejuicios antediluvianos ni el origen etimológico del término ‘matrimonio’ —porque ‘acostarse’ etimológicamente es ‘acercarse a la costa’, pero bien que usas la palabra cuando te vas a dormir. Las palabras cambian, la gente se harta de que la traten mal y la moral avanza y se amplía su círculo de actuación. Hay gente a la que le encanta meterse en la cama de los demás: saber cómo se lo montan, con quién, en qué postura y por dónde. Métete en tus asuntos, preocúpate de tu propio culo y no seas de esos chismosos sin vida que, además, como los curas y otra fauna semejante, se suelen comportar como el perro del hortelano: que ni follan ni dejan follar a los demás en paz.

Un gay, una lesbiana o una persona bisexual es mucho más que eso. Es una profesora, es un padre, es un experto en historia del arte o mil millones de cosas además de ese rasgo tan poco definitorio de su personalidad. Lo único que cambia en alguien por no ser hetero es que se excita sexualmente con personas de su mismo sexo. ¿Qué más da?

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