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Derecho a matar

El aborto es muerte y si fuera un derecho sería un “derecho a matar”. Extraño derecho de la madre que lleva al hijo en su seno y repugna al espíritu humano. Sin embargo, por error, ignorancia, egoísmo o ideología, muchos entienden que el derecho a la vida del “no nacido” no es absoluto ni equivalente al de los “ya nacidos”, es decir, al de los que están inscritos en un registro civil, y, por lo tanto, esa vida incipiente resulta “prescindible”. Su derecho a vivir es“ aleatorio”.

Asistimos en este tiempo a un debate apasionado sobre la ley del aborto que es, a la vez, religioso, político, jurídico y social. Está en cuestión el derecho a la vida del “no nacido”, un derecho que no necesita de ninguna ley nueva para ser reconocido; se consagra en el “no matarás” de los Mandamientos de la Ley de Dios, es un principio inmutable del Derecho Natural, y se ordena, positivamente, en el artículo 15 de la Constitución Española.

Desde el punto de vista religioso, el tema adquiere una especial dimensión, pues los cristianos profesamos que el hombre fue creado por Dios “a su imagen y semejanza”, y desde el momento mismo de su concepción, aun en estado embrionario, está dotado de un alma inmortal que ha de comparecer al juicio de Dios cuando la muerte la separe del cuerpo. Luego entonces, el feto es un ser humano vivo y con alma, que ya está al cuidado de un ángel que lo guarda, y nadie puede interrumpir voluntariamente ese proceso tan precioso y misterioso de la vida que nace. Así, la práctica del aborto será siempre un pecado horrendo a los ojos de Dios, que provoca la excomunión de las personas que lo consienten, lo aconsejan o lo realizan.

un individuo completo en fase de embrión

Pero esta invocación a la Ley de Dios como argumento contra el aborto tiene un alcance limitado, porque todos los hombres fueron creados libres para elegir y hay muchos que no reconocen a su Dios Creador, se proclaman ateos o viven como si lo fueran, e ignoran sus mandamientos. Y si Dios no existe, y el hombre es solo el resultado de la evolución de una especie animal privilegiada que carece de espíritu, es que solo es materia, o sea, huesos, músculos, nervios, vísceras, y arterias. Y aunque ama, sueña, piensa, razona, odia y recuerda, tales manifestaciones no pueden predicarse de las “potencias espirituales del alma”, que son memoria, entendimiento y voluntad.

Y con lo dicho, no se quiere obviar la opinión de los agnósticos que asumen este reconocimiento del derecho a la vida del “nasciturus”, pues tratamos conceptos y valores del Derecho Natural, que se comparten con hombres y mujeres sin fe, o que profesan otras religiones.

Pero es lo cierto que por error, ignorancia, egoísmo, o ideología, muchos entienden que el derecho a la vida del “no nacido” no es absoluto ni equivalente al de los “ya nacidos”, es decir, al de los que están inscritos en un registro civil, y que por ello, si colisiona con otros derechos de la mujer embarazada, su dignidad o su salud, aunque sean de menor entidad. Por lo que esa vida incipiente resulta “prescindible”, su derecho a vivir es “aleatorio”, y por tanto, es lícito extirparlo en determinados supuestos o circunstancias.

una tumba siempre vacía

Asistimos a nivel mundial, al mayor y más monstruoso holocausto de la historia, en donde millones de seres inocentes están siendo sacrificados en el altar del egoísmo humano. Los avances médicos garantizan ahora la total higiene física de la madre al servicio de esta matanza inmisericorde, y el aborto se impone obligatoriamente a las familias de algunos países como China, o se recomienda en otros muchos por razones de salud y control de la población. Pero no todo es perfecto en este proceso maldito, porque después de la esterilización del cuerpo de la madre, y el saneamiento de los restos del feto, queda el hueco de una tumba vacía y sin nombre, y una tristeza insoportable en el corazón de la mujer que lo sufre.

Por la importancia del tema queremos abordarlo sin falsos eufemismos, es decir, les llamaremos a las cosas por su nombre, y dejaremos ya de utilizar la palabra “aborto” en su torpe significación académica de “interrupción voluntaria del embarazo”, pues en verdad, tal interrupción es fatalmente definitiva, y el propio diccionario nos ofrece el verbo “matar” que es el más apropiado —ya que en eso consiste, en quitar la vida a un ser vivo—.

Y con estos postulados estableceremos dos premisas iniciales que se soslayan de modo solapado en las frases hechas y los eslóganes de los defensores de esta práctica, a saber, que el feto es un ser vivo y que es su madre la que decide su muerte.

En cuanto a lo primero, tras las torpes alusiones de las ministras de la era Zapatero, que para referirse al feto nos hablaban de “eso”, como de algo indeterminado, o de “aquella cosa”, que no se sabía exactamente lo que era, enmascarando su realidad vital, se atestigua por la ciencia y el derecho, que el feto es un ser humano vivo, y las pruebas en tal sentido se han hecho valer en las sentencias de los tribunales constitucionales de España y Alemania.

Lástima que, tras esta declaración, los supremos magistrados hayan minusvalorado el dato por el principio de no ceder a las propias convicciones o a otros criterios o pautas que no fueran las estrictamente jurídicas. Así, se atrevieron a graduar el derecho a la vida en función de sus etapas biológicas, no obstante que constituye un proceso único y lineal desde la concepción hasta la muerte, y que en todas sus fases merece idéntica consideración, tanto en la etapa de gestación como después de nacido, porque sin aquel periodo placentario inicial, la vida no sería posible.

Así, con supinos razonamientos legales, y ponderando la especial relación biológica entre feto y la madre, el tribunal declaró, que siendo merecedora de protección la vida del “no nacido”, su derecho es de menos entidad que los que, eventualmente, corresponden a su madre, estableciendo de este modo las bases para que aquella sea prescindible y se pueda suprimir. Por ello, los jurisprudentes sentenciadores, impregnados del relativismo moral del que se declararon ajenos para ser objetivos, actuaron como dioses disponedores de esas vidas inocentes.

la mujer, portadora de la vida

El segundo aspecto es tan digno de consideración como el primero, pues la práctica del aborto no es obligatoria, y solo puede llevarse a cabo a solicitud de la madre gestante. Por ello, sería lo natural, lo bueno, y lo agradable a Dios, que las clínicas abortistas tuvieran que cerrar por falta de clientes, pero nos consta que no es así.

¿Qué procede entonces? Asumir la demanda social y sumarnos al coro silencioso de los que aceptan estas muertes, o gritar como la voz del que clama en el desierto hasta que retorne la cordura. ¿Acaso no produce escalofríos que sean tantas las mujeres que abdican de ser madres y destruyen a sus hijos? ¿Qué haremos entonces con los estandartes que simbolizan la admirada maternidad, con nuestros ideales sobre la madre que es la imagen del amor perfecto, con la estampa entrañable de la mujer abnegada que da la vida por sus hijos? ¿Se ha vuelto, acaso, el mundo al revés?

No, por cierto. Por coherencia histórica y por la evidencia cotidiana que palpamos, no abdicaremos de estos principios. La mujer seguirá siendo la portadora de la frágil vasija de la vida humana, la bendeciremos como madre de la familia, y seguirá siendo el ser más amado y ensalzado de la creación, aquella de la que se dice castizamente: “Madre no hay más que una”. Pero no olvidamos que, irremediablemente, una ley injusta le atribuye a ella la decisión sobre la suerte de la criatura que lleva en su seno, bien para parirlo con amor, bien para entregarlo a la muerte. No hay otra protagonista en esta encrucijada vital en la que se encuentran miles de mujeres.

Muchos queremos que tengan una maternidad feliz, que nazcan todos los hijos que engendren y que ninguno de ellos se pierda. También deseamos que toda la sociedad —esposos, padres, novios, familiares, allegados y amigos, el Estado, y las instituciones— las ayuden en este propósito. Y si la mujer decide otra cosa, nos declararemos entristecidamente rebeldes con esa decisión, lamentaremos la muerte del inocente, gritaremos al mundo que todos los hijos concebidos tienen derecho a una vida plena y feliz, y rezaremos fervientemente para que así sea.

“respeta, defiende, ama y sirve a la Vida, a toda vida Humana”

Pero ahora se nos dice desde la izquierda política, que la decisión de la madre de matar al hijo de sus entrañas es un derecho exclusivamente suyo, inherente a la condición femenina, y que por tanto, puede ser libremente ejercitado, sin trabas legales y sin repulsa moral de ningún tipo, como normal expresión de la libertad que las mujeres ejercen sobre su cuerpo. Así, el derecho natural de engendrar hijos para el mundo, se vuelve del revés como un calcetín usado para ser equivalente y simétrico al derecho contrario, es decir, al derecho a impedir que nazcan. Y se razona que otra forma de actuar sería condenar a las mujeres al parto no deseado de sus hijos. Es decir, que la maternidad sería entonces la expresión de una conducta torpe y desviada, y no la única forma de conservación de la especie.

Por ese camino de hacer valer tan abominable e inexistente derecho de la mujer —y que ningún principio jurídico consagra— a buen seguro, los valores morales de la civilización se conmoverán y acabarán sucumbiendo, como ocurrió en la Roma decadente que asolaron los pueblos bárbaros, y otro “Alarico” nos devolverá a la oscuridad de los tiempos de la ignominia.

Y de nuevo se deslizan en este debate, tras el veredicto implacable del Predictor, las serpientes enroscadas en el “árbol de la vida” con las coartadas del crimen, a saber, los conflictos del cotidiano vivir, las penurias económicas, las servidumbres mezquinas de nuestro bienestar, la soltería de la madre, la incomprensión de los padres, la actitud contraria del marido, el compañero o el amante, la carrera universitaria que se trunca, del trabajo que no puede dejarse, el excesivo número de hijos, “lo mal que nos viene ahora”, en fin, los engañosos mensajes de la “ideología de género”, y todo ello, con los estribillos que no dejan de sonar en los oídos de la mujer atribulada: “tanto te da”, “no seas tonta”, “si es muy fácil”.

No se trata de quitar importancia a estas cuestiones, pero en los momentos cruciales de la vida han de procurarse las salidas éticas y razonables, incluso, con el sacrificio de los proyectos que parecen inaplazables, o afrontando las situaciones más difíciles. Pero en modo alguno prefiriendo la solución funesta de la supresión de una vida, porque esa vida, es la del hijo que quiere nacer, y ante esa realidad, todo lo demás, o tiene remedio o es lo que debe suprimirse.

En definitiva, la solución de todos los problemas humanos viene de la mano del amor. Los concebidos están ya escritos en el “Libro de la Vida” de su Creador, y ninguno ha de perderse. Así lo canta el salmista desde el vientre de su madre: “Cuando, en lo oculto, me iba formando… tus ojos veían mi ser aún informe, todos mis días estaban escritos en tu libro…” (Sal 139,15-16). Por eso, aprendiendo a amar “lo que se espera” —aunque sea “lo inesperado”— debemos confiarnos a los que nos quieren y queremos. Buscaremos un pecho acogedor donde llorar nuestros miedos e inseguridades. Pediremos una palabra o un gesto de esperanza y haremos todo eso por el convidado inoportuno, por esa vida pequeñita que quiere ampararse en la nuestra. Y si tenemos fe o necesitamos creer en algo, en medio de la tribulación, pongámonos en las manos misericordiosas de Dios Padre Todopoderoso.

Horacio Vázquez

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