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¿Por qué los jóvenes ya no creen en la gran mentira del «derecho al aborto»?

L’Osservatore Romano ha explorado en un editorial las razones del inesperado vigor de los movimientos por la vida en Estados Unidos, España y Francia.

En Tempi.it también ha escrito sobre ello Lucetta Scaraffia, historiadora, que fue anticlerical, feminista radical y antisistema, durante muchos años... hasta que leyó a Santa Teresa de Jesús y Santa Rita de Casia (aquí la historia de su conversión). Este es el texto, tomado de Tempi.it.

***

Algo está cambiando en el mundo en el frente del aborto: en España el gobierno ha decidido permitirlo sólo en caso de violación o de graves malformaciones, mientras que en los Estados Unidos más de veinte Estados restringen las posibilidades de poner fin a un embarazo y en el Congreso se ha votado una ley que prohíbe el aborto después de las veinte semanas.

Y hace unos días la Marcha por la Vida que ha tenido lugar en Washington ha visto desfilar, a pesar del frío, a muchos jóvenes.



Una escena de la Marcha por la Vida en Washington

Como ha observado The Washington Post, el nuevo movimiento antiabortista — contra toda previsión — atrae cada vez a más jóvenes.

Son jóvenes que aún no habían nacido en el momento de las grandes batallas de los años Setenta y piensan libremente, sin estar influenciados por esa ola ideológica que entonces hizo de la interrupción del embarazo un problema de derechos, un paso fundamental de la emancipación femenina.

Mientras los jóvenes estadounidenses están descubriendo el derecho a la vida y se apasionan sobre el tema, en Francia el gobierno propone una ampliación de la posibilidad de aborto, haciendo que la elección está libre de cualquier vínculo moral: se ha borrado, efectivamente, toda referencia que la vincule a un contexto dramático, a una condición de «extremo malestar de la mujer».

Y sobre esta modificación — más que nada formal, porque hace años que esta cláusula no se respeta — se ha vuelto a abrir la batalla: también aquí, los adultos y ancianos a favor del aborto; los jóvenes, contrarios.



Estos conflictos superan la tradicional oposición política entre derechas e izquierdas, convirtiéndose en un choque entre generaciones.



Los antiguos partidarios del aborto, además, no quieren admitir que la legalización ha sido un fracaso respecto a sus mismos objetivos: de hecho, al defender el “derecho al aborto” habían prometido que la legalización, acompañada de una insistente campaña anticonceptiva, habría truncado, efectivamente, la utilización de esta práctica. Pero no ha sido así.

Más bien al contrario, se calcula que en Francia una mujer de cada tres ha abortado al menos una vez, mientras la transformación lingüística — con la utilización de la expresión “interrupción voluntaria del embarazo”, es decir, el intento de hacer del aborto una intervención médica como otras — lo único que ha conseguido es teñirla de un superficial ligereza.

Pero el problema más grave abierto por la legalización del aborto — y que nadie quiere afrontar — es su conflicto con los derechos humanos, como recuerda el Papa Francisco en la Evangelii gaudium:

«Esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno».



Manifestación Cada Vida Importa,
octubre 2009 en Madrid

Con la legalización del aborto, como ha escrito el sociólogo francés Luc Boltanski, dos mil años más tarde se ha planteado de nuevo el problema de cuál es la definición de ser humano, con la relativa crisis de esa idea que está detrás de la Declaración de los derechos del hombre de 1948.

La irrupción del aborto en la esfera de la legalidad, de hecho, reabre una diferencia entre «seres humanos de la carne» y «seres humanos confirmados por la palabra»; sólo a estos últimos se les concede vivir, mientras los primeros se encuentran en la condición que antes era de los esclavos: es decir, son «una humanidad no confirmada».

Boltanski, que razona fuera de las pasiones ideológicas y religiosas, concluye que «la condición de feto es la condición humana».

Entonces es posible — y deseable — que, poniendo en tela de juicio el aborto, la reapertura del debate sobre la definición y la dignidad de cada ser humano vuelva a despertar el interés y la escucha de la posición de la Iglesia, hasta hace poco considerada anticuada y conservadora.

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